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Lo que no perdona

Cecilia Lavalle
 

La primera vez que fui madre ¡fue un desastre! Y quiero que conste que fue un bebé deseado y esperado. Y quiero que conste que tuve un embarazo maravilloso. Y quiero que conste que en mi parto no tuve ninguna complicación. No, el desastre no provino de aquella parte en donde la naturaleza se encarga, sino de aquélla que la cultura ha construido.

Crecí con el entrenamiento social que suele darse a las mujeres. En las navidades me regalaron muñecas y biberones para alimentar a mis ositos de peluche. No había la sofisticación que hay ahora en donde un pedazo de plástico parece bebé y llora y se orina y eructa. Pero, digamos, recibí el entrenamiento acorde con mi época.

De modo que cuando nació  mi primer hijo, supuse que sabría ser mamá.

¡Error!

El entrenamiento con muñecas no sirvió de nada. Y ahí me tiene usted con un bebé en mis brazos, que me miraba atentamente, mientras yo estaba petrificada (literalmente) sin saber qué hacer.

¿Qué pasó?, ¿qué estuvo mal? Sucedió que había sido educada para creer a pie juntillas que por ser mujer y tener una biología que permite la reproducción de la especie humana, sabría ser y hacer lo que se necesita para que esa personita creciera de manera sana y feliz. 

Y, claro, los primeros meses de mi hijo los viví sintiéndome profundamente inadecuada y culpable porque se suponía que “naturalmente” debía saber lo que en realidad no sabía.

Tarde mucho en darme cuenta que una cosa es parir y otra, muy distinta, cuidar, alimentar, brindar comodidades, adivinar el significado del llanto, etcétera, etcétera, etcétera.

Cuantas veces comparto esta experiencia con otras mujeres, invariablemente encuentro a mamás que se identifican plenamente conmigo y cuentan anécdotas que se parecen, como copia, a las mías.

¿Por qué?

Porque a las mujeres nos educan para creer que parir y todo lo que viene después es lo mismo.  ¡Y eso es mentira!

A menudo las mujeres no estamos ni remotamente preparadas para lo que viene una vez que la criatura salió de nuestro vientre. Sin embargo, medio mundo espera que sepamos. Por eso muchas mujeres nos sentimos inadecuadas y, por supuesto, culpables, porque deberíamos saber y no sabemos.

Por el contrario, mi esposo comenzó su paternidad de manera muy gozosa. Y, de hecho, muchos hombres la comienzan así. Pero ellos parten de una educación distinta. De ellos no se espera que sepan. Es más, se espera que sean unos perfectos inútiles en materia de bebés; entonces, cualquier cosa que hagan medianamente bien es aplaudida, y si lo hacen mal o no saben qué hacer, de ninguna manera se sienten inadecuados y cuantimenos culpables.

Las mujeres debemos saber que la naturaleza hace su parte durante la gestación y el parto, lo mismo en una ballena que en una vaca que en la especie humana. Fin de su participación. Para lo que sigue, mujeres y hombres debemos aprender.

Mi estreno como madre hubiera sido más gozoso y feliz si alguien me hubiera dicho eso. Hoy que lo sé, corro la voz.

 

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

 

 
 
 
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