Jack y el Capitán
Un calor frío le atravesó la frente inundándolo de luz blanca. Frente a él, el rostro inescrutable del Capitán reverberaba al desvanecerse con las ondas sonoras del impacto. En ese instante, Jack recordó...
Habían llegado tarde. El helicóptero despegaba a escasos metros de la trinchera atrapándolos en un mar verde de ondulados arrozales. Fue en esa marea que se ahogó la última esperanza. Los nombres del pelotón quedarían registrados como desaparecidos en combate. Pasaron tres días hasta que los cercaron las tropas del Vietcong. Un largo camino, tropiezos, el pozo oscuro cerrado por una reja de bambú. Hambre, sed, miedo.
Le metieron la cabeza en un cubo de agua para reanimarlo. Cuando volvió en sí, Jack miró de frente al enemigo. Fue él, el Capitán, quien le acercó un cuenco de arroz, le dio de comer de su propia mano. Jack no opuso resistencia, respondió a todas sus preguntas. Sus compañeros lo miraron con odio, sin comprender que el heroísmo es absurdo en medio de la desesperanza. A partir de ese incidente, le tendieron un cerco de silencio.
Los días se sucedían en una confusión de tiempo y espacio. ¡Nada como la desorientación para quebrar el espíritu! Noches que se prolongaban por semanas, días eternos sin poder dormir. Pero al despertar, Jack siempre se encontraba con el rostro inescrutable del Capitán. Era la única voz que le hablaba, la única mirada que lo reconocía.
Suspendido ahora entre la vida y la muerte, Jack comprendió la infinita compasión del Capitán: palabras que, aunque ásperas, lo rescataban del ostracismo cruel de los suyos; el cálido abrazo que lo protegía del terror de los sueños; y ahora, la dignidad de una muerte instantánea. El Capitán había tendido la trampa para que Jack huyera y así poder brindarle la última misericordia.
Por él supo que una comisión del Congreso vendría a liberarlos. Se había llegado a un acuerdo y los americanos regresarían a casa. Susan nunca comprendería que el recuerdo de un muerto era preferible al regreso de un extraño, a la incomodidad de una presencia inoportuna, al infierno de una lealtad por deber, no por amor. Susan jamás entendería lo del Capitán. Era mejor así: un retrato sobre la chimenea, un duelo hacía tiempo consumado y al fin, muy pronto, la certeza de su muerte.
Ésa fue la última imagen que cruzó su conciencia cuando el proyectil le arrancó el aliento y Jack se desplomó. La certera puntería del Capitán, no se vio afectada por el agua que empañaba su mirada.
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ISBN970-661-263-7 EDAMEX, 2005 |
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